«Toda la tierra de Israel fue prometida a los hijos de Dios… y aquí es donde vamos a construir un nuevo Templo para que toda la humanidad venga a orar junta.»
Esas fueron las palabras potencialmente incendiarias de Moshe Feiglin, un político israelí nacionalista de derecha, que me habló mientras bajaba del recinto de la mezquita de Al-Aqsa en Jerusalén, donde había estado rezando y cantando canciones religiosas con un grupo de unos 20 judíos religiosos.
Feiglin habló abierta y claramente, casi como si su argumento no fuera ni controvertido ni discutido.
Pero lo que decía y hacía contravenía por completo un acuerdo delicado que busca mantener la paz en uno de los lugares más sagrados y emotivos de la Tierra.
Para Moshe Feiglin y otros como él, es sencillo. Quieren construir un enorme templo judío nuevo en el mismo lugar que, durante los últimos 1400 años, ha sido uno de los lugares más sagrados del Islam: Al-Aqsa.
El complejo, conocido también por los musulmanes como al-Haram al-Sharif (Santuario Noble) y por los judíos como el Monte del Templo, es uno de los lugares más reconocibles y visualmente impresionantes de Oriente Medio.
La Cúpula de la Roca, cubierta de oro, domina el recinto de 14 hectáreas y se divisa a kilómetros a la redonda. Al-Aqsa se menciona en el Corán, y los musulmanes creen que desde allí ascendió al cielo el profeta Mahoma. También es un lugar reservado exclusivamente para la oración musulmana, pero ¿está a punto de cambiar esto?
Maarten Lernout/BBC